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  • Miller Soto

Tiempo de vals


Era un miércoles 10 de octubre de 1990 cuando me preparaba para ir al Cristo Rey, un colegio ubicado a las afueras de Fonseca en medio de un hermoso y cautivante paisaje. No podía irme en el bus que recogía a los estudiantes de Barrancas incluidos mis hermanos porque debía entregar una tarea de química que aún no terminaba. Decidí entonces quedarme una hora más con la idea de irme en el carro de la casa ya habiendo acabado mi tarea. Así fue. Llegué al colegio a eso de las 9:00 a.m., justo a tiempo para hacer entrega de mi trabajo. Al llegar, mi curso estaba organizándose en el kiosco para ensayar la coreografía de un baile que estábamos preparando para un acto organizado por el colegio. No lo olvido; me sentía afortunado porque me encantaba mi pareja de baile, Luz Elena Martínez, y veía en los ensayos una oportunidad de tenerla cerca al compás de "Tiempo de vals", una bellísima canción de Chayanne.

Una hora después de tan agradable ensayo, sonó el timbre anunciando la salida al recreo. Un espacio inolvidable en el que niños y niñas de Fonseca y de Barrancas nos divertíamos y conversábamos como si perteneciéramos al mismo pueblo. Quizá así es toda La Guajira.


En medio de charlas, bromas y meriendas propias de un típico recreo de colegio de provincia, llegaron dos hombres preguntando por uno de los hijos de quien entonces era alcalde de Barrancas, mi papá. Ellos, después de mentir y de pretender infructuosamente sacar a mi hermana Mónica del colegio a punta de engañifa, decidieron desenfundar sus armas y explícitamente confesar a gritos y a fuerza de amenazas, sus reales intenciones. Terminaron llevándome a mí. Nunca entendí si fue porque Mónica se desvaneció o porque les resultó más fácil cargar con un hombre. Me secuestraron.


Caminé, en mi última caminata, con dos pistolas apuntándome mientras me alejaba de la mirada horrorizada de grandes amigos como Alí González, Misael Velásquez, Darío Murillo, Jhon Cerchar, Aury Pinedo, Jorge Mario Córdoba, Carlos Andrés Solano, Javier Aragón, entre otros. Me alejé de ellos y de todos aquellos que, impotentes, contemplaron mi secuestro. Amigos, maestros y hermanos que seguramente nunca olvidarán tan impactante episodio. Fue muy duro.


Seguimos, mis captores y yo, alejándonos del colegio recorriendo fincas aledañas que nos llevarían al encuentro del resto de la banda. Me embarcaron en un vehículo en el que me ordenaron cambiar la camiseta del uniforme por la de uno de ellos mientras la camioneta, a toda marcha, se dirigía hacia los límites con Venezuela para entregarme, según informaciones que obtuvimos posteriormente, al grupo armado con el que me tenían negociado. Esos planes se frustraron: un neumático de la camioneta en la que viajábamos, cedió. No pudimos continuar. Fuimos alcanzados por agentes del DAS que llegaron dispuestos a enfrentar a los secuestradores. Y yo, en medio de tamaña balacera y con camiseta de bandido, no tenía un futuro muy alentador. Recibí el balazo que cambió mi vida.


Hoy, después de 26 años de aquel evento, no guardo rencor. Sinceramente, mi corazón decidió perdonar. Y aunque mi silla de ruedas es el vehículo que diariamente me transporta a ese recuerdo, yo me quedo con el tiempo de vals en el que un día tuve la oportunidad de bailar.


Mi experiencia me enseñó que es inútil regodearnos de recuerdos del pasado para alimentar amarguras y odios. Es preferible utilizarlos para edificar con sus enseñanzas las bases de un futuro mejor.

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